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domingo, 16 de octubre de 2011

La historia de Buda

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

Primera parte


Sidarta –cuyo nombre significa “aquel que alcanza su objetivo”– nació en una familia noble, alrededor del año 560 a.C., en la ciudad de Kapilavastu, en Nepal.

La leyenda dice que en el momento en que su madre hacía el amor con su padre, tuvo una visión: seis elefantes, cada uno con una flor de loto en el lomo, caminaban hacia ella. Un instante después, Sidarta era concebido.

Durante la gestación, la reina Maya, su madre, decidió convocar a los sabios de su reino para interpretar la visión que había tenido, y ellos fueron unánimes en afirmar que la criatura que estaba por llegar al mundo sería un gran rey y un gran sacerdote.

Sidarta vivía confinado entre los muros del palacio donde sus padres habitaban y donde todo parecía perfecto. Se casó, tuvo un hijo, y solo conocía los placeres y delicias de la vida.

Sin embargo, al cumplir 29 años, pidió a uno de los guardas que lo llevara hasta la ciudad. Sidarta fue tan insistente que el hombre terminó por ceder, y los dos salieron.

Lo primero que vieron fue un viejo mendigo pidiendo limosna.

Más adelante encontraron un grupo de leprosos y a continuación pasó un cortejo fúnebre. “¡Nunca había visto esto!” debió comentar con el guarda, que posiblemente replicara “Pues, se trata de vejez, enfermedad y muerte”. De regreso al palacio, se cruzaron con un hombre santo, con la cabeza rapada y cubierto apenas con un manto amarillo que decía: “la vida me aterroriza, por eso renuncié a todo para no tener que reencarnarme y sufrir nuevamente la vejez, la enfermedad y la muerte”.

A la noche siguiente, Sidarta esperó a que su mujer y su hijo estuvieran dormidos. Entró silenciosamente en el cuarto, los besó, y volvió a pedir al guarda que lo condujese fuera del palacio. Una vez allí le entregó su espada con un puño lleno de piedras preciosas y su ropa hecha del tejido más fino, y le pidió que devolviese todo a su padre. Se rapó la cabeza, cubrió su cuerpo con un manto amarillo y partió en busca de una respuesta para los dolores del mundo. Durante años vagó por el norte de la India, encontrándose con monjes y hombres santos y aprendiendo las tradiciones orales que hablaban de reencarnación, ilusión y pago de los pecados cometidos en vidas pasadas (karma). Cuando juzgó que ya había aprendido lo suficiente, se construyó un refugio en las márgenes del río Nairanjana, donde vivía haciendo penitencia y meditando.

Su estilo de vida y su fuerza de voluntad llamaron la atención de otros hombres en busca de la verdad, que vinieron a su encuentro para pedirle consejos espirituales. Pero después de seis largos años, todo lo que Sidarta podía percibir era que su cuerpo estaba cada vez más débil.

Cuenta la leyenda que, una mañana, al entrar en el río para hacer su higiene personal, ya no tuvo fuerzas para levantarse; cuando se iba a morir ahogado, un árbol curvó sus ramas para que él se agarrase y no fuese llevado por la corriente. Consiguió llegar hasta la orilla, donde se desmayó. Horas después, pasó por el lugar un campesino que vendía leche y le ofreció alimento. Sidarta aceptó, para horror de los otros hombres que vivían junto a él. Considerando que aquel santo no tuvo fuerzas para resistir la tentación, lo abandonaron. Pero él bebió de buen grado la leche, pensando que era una señal de Dios y una bendición de los cielos.

Dibujo de: Costa de Souza
Texto retirado de: La Revista

domingo, 9 de octubre de 2011

Aprender de lo negativo

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

Dos historias


El viejo incómodo
G. I. Gurdjeff fue una de las personalidades más intrigantes del pasado siglo. Bastante conocido entre los estudiosos del ocultismo, su faceta de gran conocedor de la psicología humana permanece, sin embargo, ignorada en nuestros días.

La historia que sigue ocurrió cuando él, ya viviendo en París, creó su famoso instituto para el desarrollo del ser humano.

Las clases estaban siempre bastante concurridas. Pero, entre los alumnos, había un viejo –siempre de mal humor– que no paraba de criticar lo que allí se enseñaba. Decía que Gurdjeff era un charlatán, que sus métodos no tenían base científica, y que el hecho de que él se considerase un “mago” no tenía nada que ver con su verdadera condición. Los alumnos se sentían incómodos con la presencia de aquel viejo, pero a Gurdjeff no parecía importarle.

Cierto día, este viejo abandonó el grupo. Todos se sintieron aliviados, suponiendo que a partir de entonces las clases serían más tranquilas y productivas. Sin embargo, para sorpresa de los alumnos, Gurdjeff se dirigió a la casa del hombre y le pidió que volviera a frecuentar el Instituto.

El viejo inicialmente se negó y solo aceptó cuando le fue ofrecido un salario para asistir a las clases.

La historia corrió con rapidez de boca en boca. Los estudiantes, irritados, querían saber cómo era posible que un maestro recompensara a alguien que no había aprendido nada.

-En realidad, yo le estoy pagando para que siga impartiendo sus clases –fue la respuesta.

-¿Cómo? –insistían los alumnos–. ¡Todo lo que él hace va totalmente en contra de lo que usted nos está enseñando!

-Exactamente –comentó

Gurdjeff–. Si él no estuviera por aquí, a vosotros os costaría mucho aprender lo que es la rabia, la intolerancia, la impaciencia, la falta de compasión.

»Sin embargo, con este viejo sirviendo como ejemplo vivo, mostrando que tales sentimientos convierten la vida de cualquier comunidad en un infierno, el aprendizaje es mucho más rápido.

»Vosotros me pagáis para aprender a vivir en armonía, y yo he contratado a este hombre para ayudar en la enseñanza... por el lado contrario.

Como alcanzar la inmortalidad
Joven aún, Beethoven se propuso escribir algunas improvisaciones sobre partituras de Pergolesi. Durante meses se dedicó a este trabajo y finalmente reunió el valor necesario para hacerlo público.

Un crítico escribió una página entera en un periódico alemán, atacando con ferocidad la música del compositor.

Beethoven, no obstante, no se arredró ante los comentarios. Cuando sus amigos le insistieron que respondiese al crítico, él apenas comentó:

-Lo que tengo que hacer es continuar con mi trabajo. Si la música que componga resulta tan buena como pienso, sobrevivirá al periodista. Si tiene la profundidad que espero que tenga, sobrevivirá al propio periódico. Entonces, si este ataque feroz a lo que hago es recordado en el futuro, será apenas para recordar la imbecilidad de los críticos.

Beethoven tenía toda la razón del mundo. Más de cien años después, la susodicha crítica fue recordada en un programa de radio de Sao Paulo.
Dibujo retirado deGUERRERO DEL ARTE

Texto retirado de: La Revista

domingo, 2 de octubre de 2011

Buscando el sustento

Por Paulo Coelho 

El Alquimista


La vaquita muerta

“Todo lo que está delante nuestro nos ofrece una oportunidad de aprender o enseñar”. “Solo entendemos el mundo cuando entendemos las causas”.

Existen ciertas historias que circulan por internet de una manera casi obsesiva.  Un interesante intercambio se ha establecido entre los lectores y la columna, lo cual solo enriquece mi trabajo. La siguiente historia merece ser recontada:

Un filósofo paseaba por un bosque con un discípulo, conversando sobre la importancia de los encuentros inesperados. Según el maestro, todo lo que está delante nuestro nos ofrece una oportunidad de aprender o enseñar.

En este momento cruzaban el portal de  una granja que, aunque muy bien situada en un hermoso paraje, tenía una apariencia miserable.

-Vea este lugar –comentó el discípulo. –Usted tiene razón:  acabo de aprender que mucha gente está en el paraíso pero no se da cuenta, y continúa viviendo en condiciones miserables.

–Yo dije aprender y enseñar –retrucó el maestro–. –No basta constatar lo que sucede: es preciso verificar las causas, pues solo entendemos el mundo cuando entendemos las causas–.

Llamaron a la puerta y fueron recibidos por los moradores: un matrimonio y tres hijos, con las ropas sucias y rotas.
-Usted está en medio de este bosque y no hay ningún comercio en los alrededores –dijo el maestro al padre de familia–. ¿Cómo sobreviven aquí?

Y el hombre, calmadamente, respondió:
–Amigo mío, tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte de ese producto la vendemos o la cambiamos en la ciudad vecina por  otros tipos de alimentos; con la otra parte producimos queso, cuajada y mantequilla para nuestro consumo. Y así vamos sobreviviendo.

El filósofo agradeció la información, contempló el lugar durante algunos instantes y se marchó. En mitad del camino, dijo al discípulo: –Busca esa vaca, llévala hasta ese precipicio que tenemos enfrente y tírala abajo–.

–¡Pero si es el  único medio de sustento de aquella familia!
El filósofo permaneció mudo. Sin otra alternativa, el muchacho hizo lo que le  habían ordenado y la vaca murió en la caída.

La escena quedó grabada en su memoria. Pasados muchos años, cuando ya era un  exitoso empresario, decidió volver al mismo lugar, confesar todo a la familia, pedirles perdón y ayudarlos financieramente. Cuál no fue su sorpresa al ver el lugar transformado en una bella finca, con árboles floridos, coche en el porche y algunos niños jugando en el jardín. Se desesperó al pensar que aquella humilde familia había tenido que vender la propiedad para sobrevivir. Apresuró el paso y fue recibido por un casero muy simpático.

–¿A dónde fue la familia que vivía aquí hace diez años?, preguntó.
–Continúan siendo los dueños –fue la respuesta–.

Asombrado, entró corriendo en la casa, y el  propietario lo reconoció. Le preguntó cómo estaba el filósofo, pero el joven estaba ansioso por saber cómo había conseguido mejorar  la granja y situarse tan bien en la vida:

–Bien, nosotros teníamos una vaca, pero se cayó al precipicio y murió –dijo el hombre. –Entonces, para mantener a mi familia, tuve que plantar verduras y legumbres. Las plantas tardaban en crecer, así que comencé a cortar madera para su venta. Al hacer esto, tuve que replantar los árboles, y necesité comprar semillas. Al comprarlas, me acordé de las ropas de mis hijos y pensé que tal vez podía cultivar algodón. Pasé un año difícil, pero cuando la cosecha llegó, yo ya estaba exportando legumbres, algodón, y hierbas aromáticas. Nunca me había dado cuenta de todo mi potencial aquí: ¡fue una suerte que aquella vaca muriera!


Dibujo deChris Greenwood


Texto retirado de: La Revista
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