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lunes, 16 de mayo de 2016

En busca de señales: Detalles de lo cotidiano

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Es un lenguaje individual, que requiere fe y disciplina para ser totalmente absorbido”.

Podemos pensar que todo lo que la vida nos ofrece mañana es repetir lo que hicimos ayer y hoy. Pero si ponemos atención, nos daremos cuenta de que ningún día es igual a otro.
Cada mañana nos trae una bendición escondida, una bendición que solo sirve para este día, y que no puede ser ni guardada ni desaprovechada. Si no usamos ese milagro hoy, se perderá.
Este milagro está en los detalles de lo cotidiano; es necesario vivir sabiendo que a cada instante tenemos la salida para el problema, la manera de encontrar lo que está faltando, la pista adecuada para la decisión que precisamos tomar para modificar todo nuestro futuro.
Pero, ¿cómo tener el coraje para eso? A mi entender, Dios habla con nosotros a través de señales. Es un lenguaje individual, que requiere fe y disciplina para ser totalmente absorbido.
San Agustín, por ejemplo, fue convertido de esa manera. Durante años buscó en varias corrientes filosóficas una respuesta para el sentido de la vida hasta que cierta tarde, cuando se encontraba en el jardín de su casa en Milán reflexionando sobre el fracaso de su búsqueda, escuchó una voz infantil en la calle que cantaba: “¡Ábrelo y lee! ¡Ábrelo y lee!”.
A pesar de haber sido siempre gobernado por la lógica, decidió en un impulso abrir el primer libro a su alcance. Era la Biblia, y en ella leyó un fragmento de san Pablo con las respuestas que buscaba. A partir de allí la lógica de san Agustín abrió sitio para que la fe pudiese también participar, y él se transformó en uno de los mayores teólogos de la Iglesia.
Los monjes del desierto afirmaban que es necesario dejar actuar la mano de los ángeles. Para eso, de vez en cuando hacían cosas absurdas, como hablar con las flores o reír sin razón. Los alquimistas siguen las “señales de Dios”, pistas que muchas veces no tienen sentido, pero terminan llevando a algún lugar.
“El hombre moderno ha querido eliminar las inseguridades y dudas de su vida; y ha terminado por dejar a su alma muriendo de hambre; el alma se alimenta de misterios”, dice el deán de la catedral de San Francisco.
Existe un ejercicio de meditación que consiste en añadir –generalmente durante diez minutos diarios– un motivo para cada una de nuestras acciones. Un ejemplo: “Yo ahora leo el diario porque quiero informarme. Yo pensé ahora en tal persona porque tal asunto que leí me llevó a esto. Yo caminé hasta la puerta porque voy a salir de casa”. Y así sucesivamente.
Buda llama a esto “atención consciente”. Cuando nos vemos repitiendo la más común de las rutinas, nos damos cuenta de la riqueza que ronda nuestra vida. Comprendemos cada paso, cada actitud. Descubrimos cosas importantes y también pensamientos inútiles.
Al finalizar la semana –la disciplina es siempre fundamental– estamos más conscientes de nuestras faltas y distracciones, pero también entendemos que en ciertos momentos no había ningún motivo para actuar como actuamos y seguimos nuestro impulso, nuestra intuición; es ahí que empezamos a comprender este lenguaje silencioso que Dios usa para mostrarnos el camino acertado. Lo pueden llamar intuición, señal, instinto, coincidencia, no importa el nombre. Lo que importa es que a través de la “atención consciente” nos damos cuenta de que estamos siendo guiados muchas veces hacia la decisión adecuada.
Y esto nos deja más confiantes y más fuertes. (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

martes, 3 de mayo de 2016

¿Por qué meditamos?: Captando la realidad (II)

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Por mayores que parezcan nuestros problemas, por más agotadora que sea nuestra vida, estos quince minutos diarios introducirán una gran diferencia”.

La semana pasada analizaba los comentarios de LeShan comparando la meditación con la gimnasia, explicando que aunque parezca absurdo levantar pesos, en verdad el objetivo no está en el peso en sí, sino en el bienestar que sentimos después. En el caso de la meditación, el objetivo tampoco está en quedarse inmóvil, atento a la forma de respirar, sino en adquirir una nueva percepción de la realidad.
¿Será realmente importante esta nueva percepción?
LeShan concuerda en que es un problema realmente complejo. Por un lado podemos operar de forma muy eficiente en este mundo, tal como lo conocemos; por otro, sabemos que un considerable número de personas dignas de confianza, como Gandhi, Teresa de Ávila o Buda, procuraba percibir esa realidad de manera distinta, y eso fue lo que los impulsó a dar pasos gigantescos, a cambiar el destino de la humanidad.
Así como en la gimnasia un buen profesor siempre tiene ejercicios diferentes para cada tipo de alumno, tampoco existe una técnica única para meditar, y cualquier persona que se interese por el tema debe descubrir su propia manera de hacerlo. Sin embargo, existen algunos pasos elementales presentes en casi todas las religiones y culturas que usan la meditación como forma de encontrar la paz interior y que describiré a continuación (siempre tomando como base el interesantísimo libro de LeShan, El arte de meditar):
Lo primero es tener conciencia de la propia respiración. Contar el número de veces que inspiramos y expiramos cada dos minutos nos ayuda a concentrar nuestra atención en algo que hacemos automáticamente y de esta manera nos aleja de lo cotidiano. A primera vista esto parece muy simple, pero no podemos dejarnos engañar por esta simplicidad: quien decida practicar este ejercicio se dará cuenta de que requiere un esfuerzo considerable y una gran dosis de paciencia. No obstante, a medida que hacemos eso (y podemos practicar esa respiración consciente en cualquier lugar, sea antes de dormir, sea en un transporte público yendo hacia el trabajo) vamos entrando en contacto con una parte desconocida de nosotros mismos, y nos sentimos mejor.
Elegir el lugar: la próxima etapa será tratar de dedicar diez o quince minutos diarios a sentarnos en un lugar tranquilo y repetir esta respiración consciente, procurando mantenernos inmóviles (a ejemplo de los monjes zen, como ya relatamos aquí). Los pensamientos surgirán aun contra nuestra voluntad y en ese momento es bueno recordar la frase de santa Teresa de Ávila referida a nuestra mente: “Un caballo salvaje va a cualquier lugar excepto a donde deseamos llevarlo”.
Silenciar sin violencia: Finalmente, con el paso del tiempo –es bueno saber que esto requiere un mínimo de dos o tres meses de ejercicio– la mente ya se vacía de manera natural, trayendo una gran serenidad a nuestro vivir cotidiano. Por mayores que parezcan nuestros problemas, por más agotadora que sea nuestra vida, estos quince minutos diarios introducirán una gran diferencia y nos ayudarán a superar –generalmente de manera inconsciente– las dificultades que enfrentamos. (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Por qué meditamos?: Gimnasia de la mente (I)

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Vivimos queriendo que todo cambie y al mismo tiempo luchamos para que todo continúe como está”.

Lawrence LeShan participaba en un congreso científico cuando reparó que un gran número de personas consideradas “racionales” practicaban meditación diaria. Intrigado, procuró saber la causa de aquella conducta, tan conflictiva con la práctica de la ciencia. A partir de ahí, LeShan comenzó a investigar los beneficios y las dudas del ejercicio diario de concentración, y el resultado fue un interesante libro titulado Cómo meditar.

Conclusiones del autor

La meditación no es una invención de un hombre, de una religión o de una escuela filosófica, sino la búsqueda del ser humano para encontrarse consigo mismo. En muchos lugares y en épocas distintas, investigadores de la condición humana han llegado a la conclusión de que utilizamos muy poco de nuestro potencial de vivir, expresarnos y participar.
Meditamos con el fin de encontrar, recuperar o retornar a una sabiduría y una felicidad que inconscientemente sabemos que poseemos, aun cuando los conflictos y desafíos de la existencia las hayan empujado hacia un rincón oscuro de nuestra cabeza. En la medida en que pasamos a concedernos un poco de tiempo de concentración diaria, descubrimos un nivel superior de conciencia, que nos coloca en armonía con el universo, con la familia y con nuestras actividades, incrementando nuestra capacidad de amar, entusiasmarnos o actuar de manera mucho más efectiva.
Comparando la meditación con la gimnasia, LeShan comenta: “Alguien venido de otra civilización podría considerar loco a un ser humano al que viera subir y bajar repetidamente una barra sujeta a varios kilos de plomo, o pedalear en una bicicleta que no se mueve de sitio, o caminar sobre una estera que circula bajo los pies; no obstante, la finalidad de estos ejercicios no es el plomo, la bicicleta o la estera, sino los efectos que estas actividades provocarán en el organismo de la persona que las ejecuta.
De la misma manera, sentarse inmóvil en un rincón, contar las respiraciones o concentrarse en algunos símbolos extraños, no es el objetivo de la meditación, sino solamente el proceso “físico” que despertará un nuevo estado de conciencia.
Yendo más allá en la comparación con la gimnasia, LeShan afirma que el gran número de fracasos en las escuelas de meditación se debe al hecho de que los profesores, de cierta manera, intentan imponer un modelo único a sus alumnos. Si respetasen el ejemplo de los profesores de gimnasia, que saben que a cada uno corresponde una serie diferente de ejercicios físicos, tendrían muchas más posibilidades de alcanzar sus objetivos.
Un ser humano normal tiende a repetir la misma conducta, y a esa repetición la llamamos “rutina”. Así, él pasa a funcionar como una máquina, perdiendo poco a poco sus emociones y sentimientos; aun cuando sufra mucho porque su vida es siempre igual, esta repetición diaria de sus actividades le da la sensación (irreal) de que tiene absoluto control de su universo. Cuando la rutina es amenazada por un factor externo, el hombre entra en pánico, porque no sabe si será capaz de enfrentar las nuevas condiciones.
O sea: vivimos queriendo que todo cambie y al mismo tiempo luchamos para que todo continúe como está.
Aun cuando las técnicas de meditación hayan sido desarrolladas o promovidas por individuos que se autodenominan “místicos”, ellas no están necesariamente vinculadas a la búsqueda de la espiritualidad, sino al encuentro de la paz interior. (Continúa la semana próxima). (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista
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