La mascota del blog

viernes, 15 de febrero de 2013

Ellos viven

Ante los que partieron precediéndote en el gran cambio, no permitas que la desesperación te ensombrezca el corazón. Ellos no murieron. Ellos están vivos. Comparten contigo las aflicciones cuando sufres sin consuelo. Se inquietan con tu rendición ante los desafíos de la angustia cuando te apartas de la confianza en Dios.
Ellos saben igualmente cuanto dolió la separación. Conocen el llanto de la despedida y recuerdan tus manos trémulas en el adiós, conservando en la acústica del espíritu las palabras que pronunciaste cuando ya no conseguían responder las interpelaciones que articulaste en el auge de la amargura.
No admitas que ellos sean indiferentes en tu camino o en tu dolor. Ellos perciben cuanto te cuesta la readaptación al mundo y a la existencia terrestre sin ellos y casi siempre se transforman en cirineos de ternura incesante, amparándote el trabajo de renovación o enjugándote las lágrimas cuando palpas la loza o les enfrentas la memoria preguntándote por qué...
Piensa en ellos con la nostalgia convertida en oración. Tus oraciones de amor representan acordes de esperanza y devoción, despertándoles hacia visiones más altas de la Vida. En cuanto pudieres, realiza por ellos las tareas que estimarían proseguir y tenlos contigo como infatigables celadores de tus días.
Si muchos de ellos son tu refugio e inspiración en las actividades a que te dedicas en el mundo, para muchos de ellos eres el apoyo y el incentivo para la elevación que se les hace necesaria. Cuando te dispongas a buscar a los seres queridos domiciliados en el Más Allá, no te detengas en la tierra que les guarda las últimas reliquias de la experiencia en el plano material. Contempla los cielos en que innumerables mundos nos hablan de la unión sin adiós y oirás la voz de ellos en tu propio corazón diciéndote que no caminaron en la dirección de la noche, más sí al encuentro del Nuevo Despertar.

In memoriam de mi amigo Cristian Hoover

Dictado por el espíritu: Emmanuel

Pintura de: Robert Coombs
Tomada del blog TODO POR EL ARTE
Texto retirado de: Luz Espiritual

domingo, 10 de febrero de 2013

Historias de Nasrudin: Sabias lecciones

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

“Con las cosas importantes de la vida no se puede ser tolerante. El señor me está castigando por algo que no he hecho. ¿De qué me serviría castigarte después de haber perdido tu alma?”.
Nasrudin, el maestro que se hacía pasar por loco, el sabio que fingía ser tonto, el personaje central de gran parte de las enseñanzas sufíes, es de nuevo tema de esta columna.
Es mejor prevenir
El mullah Nasrudin llamó a su alumno preferido:
Ve a sacar agua del pozo.
El chico se preparó para hacer lo que le había sido ordenado. Antes de partir, sin embargo, recibió un coscorrón.
¡Y no andes con jugadores ni con personas vanidosas, o acabarás ofendiendo a Dios!
¡Todavía no he salido de casa y ya me he llevado un coscorrón! El señor me está castigando por algo que no he hecho.
Con las cosas importantes de la vida no se puede ser tolerante, dijo Nasrudin. ¿De qué me serviría castigarte después de haber perdido tu alma?
La tarea más difícil
Uno de los niños que estudiaban con Nasrudin tenía una inquietud:
¿Quién es el hombre más grande? ¿Aquel que ha conquistado un imperio? ¿Aquel que pudo hacerlo y renunció a su deseo? ¿O aquel que impidió que otro lo hiciera?
No tengo ni la menor idea, respondió el sabio sufí. Pero sí conozco una tarea mucho más difícil que las que acabas de citar.
¿Y cuál es?
Impedir que os pongáis a analizar lo que otros han hecho, e intentar que aprendáis a preocuparos de lo que vosotros mismos podéis hacer.
Cuándo dar y cuándo recibir
Nasrudin paseaba por el mercado cuando un hombre se le acercó.
Sé que eres un gran maestro sufí, dijo. Esta mañana mi hijo me ha pedido dinero para comprar una vaca. ¿Debo ayudarle?
Esta no es una situación de emergencia, así que aguarda una semana antes de ayudar a tu hijo.
Pero ahora estoy en condiciones de ayudarle. ¿Qué diferencia hay entre ayudarle ahora y dentro de una semana?
Una diferencia muy grande, respondió Nasrudin. La experiencia me ha demostrado que la gente solo aprecia las cosas cuando se les hace dudar de si conseguirán o no lo que desean.
El pez que salvó una vida
Nasrudin pasó delante de una gruta, vio un yogui meditando, y le preguntó qué quería alcanzar con su búsqueda espiritual.
Contemplo los animales, y he aprendido de ellos muchas lecciones que pueden cambiar la vida de un hombre.
Pues a mí en una ocasión un pez me salvó la vida.
El yogui se quedó asombrado: ¡solo a un santo podría salvarle un pez la vida! Le preguntó cómo había sucedido tal milagro, pero Nasrudin quería aprender antes todo lo que el yogui sabía.
El yogui, convencido de que se encontraba delante de un gran sabio, le enseñó lo que había aprendido a lo largo de aquellos años. Cuando hubo acabado, le rogó:
Ahora que el señor conoce todo lo que la vida me enseñó, me gustaría que me contase cómo le salvó la vida el pez.
Es muy sencillo, respondió Nasrudin. Estaba muriéndome de hambre cuando lo pesqué, y gracias a él pude sobrevivir tres días más.

Texto retirado de: La Revista


domingo, 3 de febrero de 2013

San Mesrob: Santo de los traductores

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

“Rezo en silencio por él, por todos aquellos que me ayudaron con mis libros, y por quienes me permitieron leer obras a las que, de otra forma, jamás hubiera tenido acceso, contribuyendo así, de forma anónima, a formar mi vida y mi carácter”.
Pasé la mañana entera explicando que mis intereses no son exactamente los museos y las iglesias, sino los habitantes del país, por lo que sería mucho mejor que fuésemos al mercado. Sin embargo, insistieron. Hoy es fiesta, el mercado está cerrado.
- ¿Dónde vamos?
- A una iglesia. Hoy celebramos un santo muy especial para nosotros, y seguramente también para ustedes. Vamos a su tumba.
- ¿Cuánto se tarda en llegar?
- Veinte minutos.
Esa es la respuesta estándar: por supuesto sé que se tarda mucho más. Pero hasta ahora han respetado todo lo que les he pedido, así que mejor será ceder esta vez.
Estoy en Yereván, Armenia. Veo a lo lejos el monte Ararat cubierto de nieve, contemplo el paisaje a mi alrededor.
Cincuenta minutos más tarde (¡lo sabía!) llegamos a una pequeña ciudad y nos dirigimos a la iglesia repleta. Veo que todos llevan traje y corbata, una ocasión muy formal, y me siento ridículo porque yo solo llevo camiseta y vaqueros. Me reciben miembros de la Unión de Escritores, me entregan una flor, me conducen por en medio de la multitud que asiste a la misa, bajamos por una escalera que hay tras el altar, y me veo frente a una tumba. Entiendo que allí debe de estar enterrado el santo, pero antes de colocar la flor, quiero saber exactamente quién es.
–Es el Santo Traductor.
¡El Santo Traductor! En ese mismo momento se me llenaron los ojos de lágrimas.
Es el 9 de octubre, la ciudad se llama Oshakan, y Armenia, que yo sepa, es el único lugar del mundo que declara fiesta nacional y celebra a lo grande el día del Santo Traductor, San Mesrob. Además de crear el alfabeto armenio (la lengua ya existía, pero solo en su forma hablada), dedicó su vida a transcribir a su lengua materna los textos más importantes de la época, que estaban escritos en griego, persa o cirílico. Él y sus discípulos emprendieron la gigantesca tarea de traducir la Biblia y los clásicos principales de la literatura de su tiempo.
El Santo Traductor
Con la flor en mis manos, pienso en todas aquellas personas a las que nunca conocí, y que tal vez jamás tenga ocasión de conocer, pero que en este momento tienen un libro mío en las manos, intentando dar lo mejor de sí para mantener la fidelidad de lo que quise compartir con mis lectores. Pero pienso, sobre todo, en mi suegro, Christiano Monteiro Oiticica, de profesión traductor, que hoy, rodeado de ángeles y junto a San Mesrob, estará asistiendo a esta escena. Lo recuerdo pegado a su vieja máquina de escribir, quejándose muchas veces de lo mal pagado que estaba su trabajo (lo que desgraciadamente sigue siendo verdad). A continuación, me contaba que el verdadero motivo de continuar con aquella tarea era su entusiasmo por compartir un conocimiento que, si no fuese por los traductores, jamás llegaría al pueblo.
Rezo en silencio por él, por todos aquellos que me ayudaron con mis libros, y por quienes me permitieron leer obras a las que, de otra forma, jamás hubiera tenido acceso, contribuyendo así, de forma anónima, a formar mi vida y mi carácter. Cuando salgo de la iglesia, veo niños escribiendo el alfabeto, dulces en forma de letras, flores y más flores.
Cuando el hombre mostró su arrogancia, Dios destruyó la Torre de Babel y todos empezaron a hablar lenguas diferentes. Pero en Su gracia infinita, creó también un tipo de persona que habría de reconstruir esos puentes y permitir el diálogo y la difusión del pensamiento humano. Ese hombre (o mujer) cuyo nombre pocas veces nos molestamos en averiguar al leer un libro extranjero: el traductor.
Texto retirado de: La Revista

Blog Widget by LinkWithin