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domingo, 20 de enero de 2013

Camino de Kumano: El límite del dolor (IV)

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

“Y las cicatrices van más allá del cuerpo físico; muchas heridas que estaban abiertas en mi alma fueron expulsadas por el dolor que sentí. Hay ciertos sufrimientos que solo se logran olvidar cuando podemos flotar por encima de nuestros dolores”.
Durante mi visita a un camino de peregrinación en Japón, descubro el Shugendo, práctica ancestral de usar la naturaleza para el aprendizaje espiritual.
Estamos en lo alto de una montaña, al lado de una columna de piedra con algunas inscripciones. Desde ahí arriba, puedo divisar un templo en medio del bosque.
–Ese es uno de los tres santuarios que el peregrino tiene que visitar, y cuando llega aquí, siente una inmensa alegría al saber que ya está cerca de uno de ellos, dice Katsura.

Katsura y yo comenzamos a caminar los 5 kilómetros que nos separaban del templo. De repente, me vinieron a la memoria las palabras del biólogo que había conocido: “si la Diosa quiere que practiques Shugendo ella te mostrará lo que tienes que hacer”.
–Voy a quitarme los zapatos. El suelo es pedregoso, el frío es cortante, pero Shugendo es la comunión con la naturaleza en todos sus aspectos, incluso el dolor físico. Katsura también se los quita y empezamos a caminar.
Ya al dar el primer paso, una piedra puntiaguda se me clava en el pie, y siento que el corte ha sido profundo. Reprimo el grito, y continúo. Diez minutos después estoy caminando a la mitad de la velocidad inicial, el pie herido duele cada vez más, y pienso por un momento que aún me queda mucho viaje por delante, puedo sufrir una infección, mis editores me esperan en Tokio, hay entrevistas y encuentros concertados. Pero el dolor enseguida aleja estos pensamientos, decido dar un paso más, y otro, y continuar hasta donde me sea posible. Pienso en los muchos peregrinos que pasaron por allí practicando Shugendo, sin comer por muchas semanas, sin dormir durante días. Pero el dolor no me deja tener pensamientos profanos o nobles, apenas hay dolor, uno que ocupa todo el espacio, que me asusta, que me obliga a pensar que tengo un límite y que no voy a conseguirlo.
De todas maneras, aún puedo dar un paso más, y otro. El dolor ahora parece invadir el alma, y me debilita espiritualmente, porque no soy capaz de hacer lo que mucha gente hizo antes de mí. Se trata de un sufrimiento físico y espiritual al mismo tiempo, no parece una boda con la Madre Tierra, sino un castigo. Estoy desorientado, Katsura y yo no nos cruzamos ni una palabra, todo lo que existe en mi universo es el dolor de pisar en las piedras.
Entonces ocurre una cosa muy extraña: el sufrimiento es tan grande que, en un mecanismo de defensa, me parece que estoy flotando por encima de mí mismo, e ignorando lo que estoy sintiendo. En el límite del dolor hay una puerta a un nivel diferente de conciencia, y ya no hay lugar para nada más, apenas para la naturaleza y para mí mismo.
Ahora ya no siento más el dolor, estoy en un estado letárgico, los pies continúan siguiendo el camino automáticamente, y entiendo que el límite del dolor no es mi límite; puedo ir más allá.
Cuando finalmente paramos, reúno valor para mirar a mis pies y ver las heridas abiertas. El dolor, que estaba escondido, regresa con fuerza; creo que el viaje ha terminado ahí, y que no me será posible caminar durante muchos días. Mi sorpresa fue mayúscula al día siguiente al descubrir que todo había cicatrizado; la Madre Tierra sabe cómo cuidar de sus hijos.
Y las cicatrices van más allá del cuerpo físico; muchas heridas que estaban abiertas en mi alma fueron expulsadas por el dolor que sentí, mientras caminaba por el sendero de Kumano hacia cierto templo del que no recuerdo el nombre. Hay ciertos sufrimientos que solo se logran olvidar cuando podemos flotar por encima de nuestros dolores.
Dibujo de: 
Dilermando Lemos
Texto retirado de: La Revista

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