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sábado, 9 de julio de 2016

Dios y los hombres: Los de mucha y poca fe

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Tenía tanto miedo de mí que ha enviado a un albañil, quien, al oír mis gritos en el desierto, me ha atacado sin piedad hasta dejarme muy débil.

Isaac Asimov, uno de los mejores escritores de ciencia ficción del siglo XX, es autor de esta deliciosa historia:
El rabino Feldman tenía muchos problemas con su congregación; la mayoría de sus fieles lo encontraba arrogante, intolerante, demasiado riguroso con las faltas típicas del ser humano. Desesperados, decidieron dirigirse al presidente de la asociación israelita del Estado, que accedió a venir a la ciudad para resolver el problema.
Después de escuchar a todos los miembros de la congregación, fue a hablar con Feldman:
– Rabino, las cosas no pueden continuar así. Vamos a convocar una asamblea y resolver las disputas pendientes.
Feldman estuvo de acuerdo. Tres días después, se convocó un consejo con la presencia del presidente y de más de diez eruditos en judaísmo. Se sentaron alrededor de una hermosa mesa de caoba, y comenzaron a discutir cada uno de los puntos en cuestión. A medida que avanzaba la reunión iba quedando cada vez más claro que el rabino Feldman estaba solo en sus posiciones.
Tras cuatro horas de discusión, dijo el presidente:
– Es suficiente. Votemos, y decidamos por mayoría cuál es el rumbo más acertado. Se le entregó a cada uno un trozo de papel, se votó, y una vez hecho el recuento, el presidente dijo:
– Son once votos contra ti, rabino. Hay que volver a considerar las posiciones adoptadas.
Feldman se levantó, mostrando su orgullo herido, y alzando los brazos al cielo, dijo:
– Así pues, ¿pensáis que, por una simple mayoría de votos, yo estoy errado y el resto está en lo cierto? No, señores míos, no puedo aceptar eso.
“¡Pido al Dios de Israel que muestre su fuerza, y envíe ahora mismo una señal para que todos los aquí presentes se convenzan de mi comportamiento absolutamente intachable!”.
En aquel mismo instante se oyó un trueno ensordecedor. Un rayo alcanzó la sala y partió por la mitad la hermosa mesa de caoba; la fuerza de la explosión lanzó al suelo a todos los presentes.
Oyéronse gritos por todas partes, el lugar se llenó de humo; cuando comenzó a asentarse la polvareda, observaron que el rabino Feldman permanecía incólume, erguido, con una sonrisa sarcástica en los labios.
El presidente, con gran dificultad, se levantó, se puso bien las gafas, que le colgaban de una oreja, se pasó las manos por el cabello, despeinado; se arregló la ropa sucia de polvo, y dijo:
– De acuerdo: once votos contra dos. Seguimos siendo mayoría y cambiaremos las reglas.

Retando a Dios a un duelo

Un loco consiguió reunir a su concurrencia habitual, en una de las plazas de Isfahán.
– Hoy les voy a enseñar algo muy importante –dijo. Están acostumbrados a oír decir que Dios es Todopoderoso. Pues bien, yo soy más fuerte que él.
Alzó el rostro al cielo y clamó:
– ¡Desciende hasta aquí, reúnete conmigo esta tarde en el desierto, y veamos quién sale vencedor de un duelo!
Dicho esto, partió para el desierto. La gente se quedó en la plaza el resto del día; cuando el sol empezó a ponerse, el loco volvió a la plaza. Tenía un ojo morado, un chichón en la cabeza, y las ropas todas rasgadas. Furioso, gritaba a la multitud:
– Piensan que Dios venció en el duelo, ¿verdad? Pues dejen que les cuente lo que sucedió: ¡no ha jugado limpio! Tenía tanto miedo de mí que ha enviado a un albañil, quien, al oír mis gritos en el desierto, me ha atacado sin piedad hasta dejarme muy débil. ¡Si Dios hubiese venido solo, le hubiera dado una buena tunda! (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

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