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domingo, 9 de mayo de 2010

El arte de la paz

Por Paulo Coelho
El Alquimista

Del gran maestro


“Aprende de los sabios, de los libros sagrados, pero no te olvides de que cada montaña, río, planta o árbol, también tienen algo que enseñarte”.

Entre las pocas artes marciales que he practicado en mi vida, la que más me sedujo fue el Aikido. Creado por el japonés Morihei Ueshiba (1883-1969), la palabra quiere decir “El arte (o el camino) de la paz”. Recuerdo haber pasado noches enteras con mis compañeros aprendiendo a luchar de tal manera, que toda la energía negativa del adversario se volviera contra él.

Ueshida, conocido entre los practicantes de Aikido como el Gran Maestro, nos dejó una serie de prácticas filosóficas, conferencias, poesías y conversaciones con discípulos. Recojo a continuación algunas de sus principales enseñanzas:

¿Dónde comienza el arte de la paz?
El arte de la paz comienza en ti mismo; trabaja para conseguir que permanezca a tu lado. Todo el mundo posee un espíritu que puede perfeccionarse, un cuerpo que puede ser entrenado y un camino que recorrer.

Tú estás aquí para cumplir esas tres metas, y para eso hacen falta dos cosas: conservar la tranquilidad y practicar el arte en todo lo que hagas.

El universo y el hombre
Todo en el universo viene de la misma fuente. Esta fuente, a la que llamamos vida, contiene tanto nuestro pasado, como el presente y el futuro. A medida que el hombre avanza, puede desintegrar o armonizar la energía vital.

El mal nace en el momento en que empezamos a creer que es solo nuestro lo que en verdad pertenece a todos.
Eso provoca soberbia, deseos inútiles y rabia. Pero el que no se deja poseer por las cosas acaba siendo dueño de todo.

El hombre y las ocho fuerzas
Para practicar el arte de la paz se hace necesario, en algún momento, abandonarse sucesivamente a las ocho fuerzas opuestas que sustentan el Universo: Movimiento e inercia, Solidez y adaptación, Contracción y distensión, Unificación y división.

Se encuentran en todo, desde el vasto espacio a la menor de las plantas: todas las cosas llevan en su interior una reserva gigantesca de la energía universal, que puede emplearse para el bien común.

El crecimiento constante
La vida es desarrollo. Para alcanzar este objetivo sube a las altas montañas y baja hasta los valles más profundos de tu alma. Inspira y siente que estás absorbiendo hacia tu interior todo lo que existe en los cielos y en la Tierra. Expira y siente que el aire que sale de tu cuerpo es portador de la semilla de la fecundidad, y que va a hacer de la humanidad algo más verdadero, mejor y más hermoso.

La respiración infinita
Todo el aprendizaje del hombre puede resumirse en su manera de respirar conscientemente. Cada vez que lo hace, participa en la energía poderosa que sostiene la creación.

La atención consciente
Haz que cada día sea realmente nuevo, vistiéndote con las bendiciones del paraíso, bañándote en sabiduría y amor, y poniéndote bajo la protección de la madre naturaleza. Aprende de los sabios, de los libros sagrados, pero no te olvides de que cada montaña, río, planta o árbol, también tienen algo que enseñarte.

Texto retirado de: La Revista

miércoles, 5 de mayo de 2010

Disensiones Domésticas

De pequeña disensión doméstica puede nacer extenso caudal de riñas y aflicciones.

Aprender a oír sin contradecir, para aclarar cualquier punto oscuro en el momento adecuado, es señal evidente de comprensión y sabiduría.

Auxilia al niño, no sólo a sonreír, sino también a educarse.

Respetar a los parientes del corazón, que se nos ligan en las experiencias terrestres, es un valioso preservativo contra desajustes positivamente innecesarios.

Evita criticar esa o aquella menudencia poco agradable en el ambiente casero, cooperando en silencio para que las fallas desaparezcan.

Nada censures, colaborando para que los problemas sean resueltos sin alteraciones y reproches.

Silenciar sobre cuestiones neurálgicas en familia impide la explosión de conversaciones ofensivas o inútiles.

No revivas los malentendidos de ayer o de cualquier fase del pasado, para que faltas y errores en el hogar sean realmente olvidados.

Aprendamos a no gritar y sí a conversar.

No te olvides: la unión comienza en la casa, pero la calma general comienza en ti mismo.


Por el espíritu de: Emmanuel
Texto retirado del: Libro "CALMA".

domingo, 2 de mayo de 2010

La nube y la duna

Por Paulo Coelho
El Alquimista

Las apariencias siempre engañan. Detrás de cada ‘fachada’ hay muchos mundos y significados.

Todo el mundo sabe que la vida de las nubes es muy movida, pero también muy corta”, escribe Bruno Ferrero. Y ahora demos paso a una nueva historia.

Una joven nube nació en mitad de una gran tempestad en el mar Mediterráneo. Pero ni siquiera tuvo tiempo de crecer allí: un fuerte viento empujó todas las nubes hacia África. Solo que, al llegar al continente, el clima cambió: un sol generoso brillaba en el cielo, y debajo se extendía la arena dorada del desierto del Sahara. Como a las nubes jóvenes les ocurre lo mismo que a los jóvenes humanos, nuestra nube decidió separarse de sus padres y de sus amigos de infancia para correr el mundo.

-¿Qué estás haciendo? –se quejó el viento-. ¡El desierto es siempre igual! ¡Vuelve a la formación y vamos al centro de África, donde hay montañas y árboles deslumbrantes!

Pero la joven nube, rebelde por naturaleza, no obedeció; después de mucho pasear, se dio cuenta de que una de las dunas le sonreía. Vio que también ella era joven, recién formada por el viento que acababa de pasar. En ese mismo instante se enamoró de su cabellera dorada.

-Buenos días –le dijo–. ¿Cómo es la vida allí abajo?

-Tengo la compañía de las otras dunas, del sol, del viento y de las caravanas que de vez en cuando pasan por aquí. A veces hace mucho calor, pero se puede aguantar. ¿Y cómo se vive por ahí arriba?

-También están el viento y el sol, pero la ventaja es que puedo pasear por el cielo y conocer muchas cosas.

-Para mí, la vida es corta –dijo la duna–. Cuando el viento regrese de los bosques, desapareceré.

-¿Y eso te entristece?

-Me da la impresión de que no sirvo para nada.

-A mí me pasa lo mismo. En cuanto sople un viento nuevo me marcharé hacia el sur y me transformaré en lluvia. En cualquier caso, ese es mi destino.

La duna caviló un poco, y al cabo dijo:

-¿Sabías que aquí en el desierto nosotros llamamos a la lluvia “el paraíso”? He escuchado varias leyendas de las que cuentan las viejas dunas. Ellas dicen que después de la lluvia nosotras nos quedamos cubiertas de hierba y de flores. Pero nunca sabré lo que es eso, porque en el desierto es muy raro que llueva.

-Si quieres, yo puedo cubrirte de lluvia. Aunque acabo de llegar, ya estoy enamorada de ti, y me gustaría quedarme aquí para siempre.

-Nada más verte por primera vez en el cielo, yo también me enamoré –dijo la duna–, pero si transformas tu linda cabellera blanca en lluvia acabarás muriendo.

-El amor nunca muere –dijo la nube–. Apenas se transforma; y yo quiero mostrarte el paraíso.

Y se puso a acariciar a la duna con pequeñas gotas, durante mucho tiempo, hasta que apareció el arco iris.

Al día siguiente, la pequeña duna estaba cubierta de flores. Otras nubes que pasaban en dirección al centro de África pensaban que eso era parte del bosque que estaban buscando, y dejaban caer más lluvia. Veinte años más tarde, aquella duna se había transformado en un oasis, donde los viajeros se refrescaban a la sombra de los árboles.

Todo porque, cierto día, una nube enamorada no tuvo miedo de dar su vida por amor.

Texto retirado de: La Revista
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