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domingo, 18 de julio de 2010

Fe y religión

Por Paulo Coelho
El Alquimista

Tres historias judaicas

“¿Cómo puedes quererme si no sabes lo que me hace sufrir? Procura descubrir cuanto antes todo lo que me hace infeliz, pues solo así tu amor podrá ser impecable”

Lo que me hace sufrir
El rabino Moshe de Sassov reunió a sus discípulos para decir que finalmente había aprendido cómo se debía amar al prójimo.
Todos pensaron que el hombre santo había tenido una revelación divina, pero Moshe lo negó.

-En realidad, estaba saliendo hoy de casa para hacer unas compras, cuando vi a mi vecina Esther conversando con su hijo. Ella le preguntó:
-¿Me quieres?

El hijo le respondió que sí. Entonces, la mujer insistió:
-¿Tú sabes qué es lo que me hace sufrir?
-No tengo ni la menor idea –respondió el hijo.
-¿Cómo puedes quererme si no sabes lo que me hace sufrir? Procura descubrir cuanto antes todo lo que me hace infeliz, pues solo así tu amor podrá ser impecable.
Y el rabino Moshe de Sassov concluyó:
-El verdadero amor es el que sabe evitar sufrimientos innecesarios.

Lo que alegra a Dios

Los alumnos de Ball-Shem estaban celebrando el día de la Alegría de la Torá bebiéndose el vino del maestro. La mujer del rabino se quejó:
-Si se lo toman todo, no va a quedar nada para la santificación.
-Pon fin a la fiesta – respondió el rabino.
La mujer fue hasta la sala donde los discípulos bebían. Pero, nada más abrir la puerta, cambió de idea y regresó adonde estaba su marido.
-Estaban bailando, cantando y alegrándose con la vida –explicó la mujer–. No he tenido valor.
-Lo has entendido todo: es así como Dios recibe la gratitud de su pueblo, alegrándose porque ellos están contentos. Vuelve allí y sírveles más vino a mis discípulos.

La oración de los rebaños
La tradición judaica cuenta la historia de un pastor que siempre le rezaba así al Señor:
-Maestro del Universo, si tienes un rebaño, yo lo cuidaré sin pedir nada a cambio, solo porque yo te amo.
Cierto día, un sabio escuchó la extraña oración. Preocupado con que pudiera entrañar alguna ofensa a Dios, le enseñó al pastor las oraciones que conocía.

Pero, nada más separarse, el pastor olvidó las oraciones; no obstante, con miedo de ofender a Dios pidiéndole cuidar de sus rebaños, decidió abandonar por completo toda conversación con Él.

Esa misma noche, el sabio tuvo un sueño:
-¿Quién guardará los rebaños del Señor? –decía un ángel–. El pastor rezaba con el corazón, y tú le enseñaste a rezar con la boca.
Al día siguiente, el sabio regresó al campo, le pidió perdón al pastor, e incluyó la Oración del Rebaño en su libro de salmos.

Texto retirado de: La Revista

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