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domingo, 12 de octubre de 2014

Enfretamiento: El bien y el mal

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

Al fin de cuentas, ¿nuestra naturaleza es buena o mala? Desde sus orígenes la raza humano está condenada a moverse en la eterna división entre los dos opuestos.
Mi nuevo libro, El demonio y la señorita Prym, trata de un tema que nos atormenta desde la noche de los tiempos: ¿nuestra naturaleza es buena o mala? Para escribir sobre eso investigué varias escuelas, leyendas y estudios filosóficos. Dos teorías me llamaron la atención, justamente por ser muy antiguas y mostrar posiciones diferentes.

Persia: el hombre como aliado del bien

La primera historia de que se tiene noticia sobre la división entre el Bien y el Mal nace en la antigua Persia: el dios del tiempo, después de haber creado el universo, siente que le falta algo muy importante: compañía con quien disfrutar de aquella belleza.
Durante mil años, él reza para tener un hijo. La historia no dice a quién se lo pide, ya que es todopoderoso, señor único y supremo. Aun así, reza y termina generando un hijo en su interior.
Al percibir que lo consiguió, el dios del tiempo se arrepiente. Pero es demasiado tarde, su hijo ya está en camino. Todo lo que él consigue con su llanto es hacer que el hijo que traía en el vientre se divida en dos. Cuenta la leyenda que de la oración del dios del tiempo nace el Bien (Ormuz) y de su arrepentimiento nace el Mal (Arimán) hermanos gemelos.
Preocupado, él arregla todo para que Ormuz salga primero de su vientre, controlando a su hermano y evitando que Arimán cause problemas al universo. No obstante, como el Mal es astuto y capaz, empuja a Ormuz en el momento del parto, y nace primero.
Desolado, el dios resuelve crear compañeros para Ormuz: hace nacer la raza humana, que luchará con él para dominar a Arimán y evitar que el Mal se haga dueño de la situación.
En la leyenda persa, pues, la raza humana nace como aliada del Bien y, según la tradición, vencerá al final. Otra historia sobre la División, no obstante, surge muchos siglos después, con una versión opuesta: el hombre como instrumento del Mal.

La Biblia: la división trae dolor y sufrimiento

Pienso que la mayoría de los lectores sabe a lo que me refiero: un hombre y una mujer están en el jardín del Paraíso, gozando delicias imaginables. Solo existe una única prohibición: la pareja jamás puede conocer lo que significan el Bien y el Mal. Dice el Señor Todopoderoso (Génesis, 17): “Del árbol del conocimiento del Bien y el Mal no comerás”.
Y un buen día surge la serpiente, asegurando que este conocimiento era más importante que el propio paraíso, y que debían poseerlo. La mujer se niega, diciendo que Dios la amenazó con la muerte, pero la serpiente le garantiza que no sucederá nada de eso: por el contrario, el día en que conozcan lo que es el Bien y el Mal serán iguales a Dios.
Convencida, Eva come el fruto prohibido y da parte de él a Adán. A partir de ahí, el equilibrio original del paraíso se deshace, y los dos son expulsados y maldecidos. Pero una frase enigmática, pronunciada por Dios, da la razón a la serpiente: “He aquí que el hombre se hizo semejante a uno de nosotros, conocedor del Bien y del Mal”. También en este caso (igual al dios del tiempo, que reza aun cuando sea señor absoluto) la Biblia no explica con quién habla el Dios único, ni tampoco si él es único, porque está refiriéndose a “uno de nosotros”.
Sea como fuere, desde sus orígenes la raza humana está condenada a moverse en la eterna División entre los dos opuestos. Y aquí estamos nosotros, con las mismas dudas que nuestros antepasados, y sin ninguna respuesta más original al respecto.

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

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