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miércoles, 25 de agosto de 2010

EL SUBLIME SANTUARIO

3- EL SUBLIME SANTUARIO
En el pasado las naciones adoraban como maravillas al Coloso de Rodas, los Jardines Colgantes de Babilonia, la Tumba de Mausolo; y hoy no hay quien escape al asombro ante las sorprendentes obras de la ingeniería moderna, como la Catedral de Milán, la Torre Eiffel o los rascacielos de Nueva York.

Mientras tanto, escasos estudiosos se acuerdan de los prodigios del cuerpo humano, una paciente realización de la Sabiduría Divina a través de los milenios, y templo del alma que está en temporal aprendizaje en la Tierra.

Por más que se agigante nuestra inteligencia, hasta ahora no hemos conseguido explicar en toda su grandiosa complejidad el milagro del cerebro, con el coeficiente de billones de células; el aparato eléctrico del sistema nervioso, con los ganglios que actúan como interruptores y las células sensibles como receptores en un circuito especializado; con las neuronas sensitivas, motoras e intermediarias que contribuyen a graduar las impresiones necesarias al progreso de la mente encarnada, y que dan paso a la corriente nerviosa con una velocidad aproximada de 70 Metros por segundo; la cámara ocular donde las imágenes viajan desde la retina hasta las profundidades del cerebro, en cuya intimidad se incorporan a las pantallas de la memoria como patrimonio inalienable del espíritu; el parque de la audición, con sus complicados recursos para registrar los sonidos y fijarlos en las profundidades del alma, que selecciona ruidos y palabras y los define y cataloga en la posición y en el concepto que les corresponde; el centro del habla; la sede milagrosa del gusto en las papilas linguales, con un potencial de corpúsculos gustativos que superan el número de 2.000; las admirables revelaciones del esqueleto óseo, las fibras musculares, el aparato digestivo, el tubo intestinal, el motor del corazón, la fábrica de jugos del hígado, el vaso de fermentos del páncreas, el fantástico sistema sanguíneo con sus millones de vidas microscópicas y sus vigorosas arterias, que soportan una presión equivalente a varias atmósferas; el avanzado laboratorio de los pulmones, el precioso servicio de selección de los riñones, la epidermis con sus secretos difícilmente abordables, los órganos venerables de la actividad genésica y los sustentos eléctricos y magnéticos de las glándulas en el sistema endocrino.

Sobre la Tierra tenemos, en el cuerpo humano, el más sublime de los santuarios y una de las más grandes maravillas de la Obra Divina.

Desde la cabeza hasta los pies percibimos en él la gloria del Supremo Idealizador, que poco a poco en el transcurso incesante de miles de años organizó para el espíritu en desarrollo, el domicilio de la carne en el que el alma se manifiesta. Es una magnífica ciudad estructurada con vidas microscópicas, casi inmensurables, por medio de la cual la mente se desenvuelve y purifica, mientras se entrena en las luchas habituales y en los servicios regulares del mundo, para importantes cometidos en los círculos superiores.

Aunque sea mutilado o deforme, un cuerpo constituye una bendición, porque nos da en la Tierra, una preciosa oportunidad de perfeccionarnos espiritualmente. En realidad, el cuerpo es el mayor de los presentes que nuestro Planeta puede ofrecernos.

Hasta ahora, de un modo general, el hombre no ha sabido colaborar en la preservación y sublimación del castillo físico. Mientras es joven dilapida sus posibilidades y las desperdicia inopinadamente, desde afuera hacia adentro, y tan pronto ve que se ha perjudicado a sí mismo o que ha envejecido prematuramente, se entrega a la insurrección y lo destruye a golpes mentales de rebeldía injustificable e inútil desesperación, desde adentro hacia afuera.

Sin embargo, llega el día en que el hombre reconoce la importancia del templo vivo en el que habita en este mundo, y suplica retornar a él cual un trabajador, que ávido de renovación necesita el instrumento adecuado, a fin de conquistar el bendito salario del progreso moral para la anhelada ascensión a las Esferas Divina.

Pintura de: Diego Dayer, tomada del blog Diego Dayer Pinturas

Por el espíritu: Emmanuel
Texto retirado del: Libro "DERROTERO".

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