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domingo, 13 de marzo de 2011

Las prioridades


Por Paulo Coelho

El Alquimista

Parábolas

“A los hombres útiles, que hacen algo útil, no les incomoda que los traten de inútiles. Pero los inútiles siempre se creen importantes, y esconden toda su incompetencia detrás de la autoridad”.

Jean paseaba con su abuelo por una plaza de París. A determinada altura vio cómo un cliente increpaba a un zapatero por determinado defecto que presentaba su calzado. El zapatero escuchó con calma las quejas, pidió disculpas, y prometió reparar el error.

Pararon para tomar un café en un bar. En la mesa de al lado, el camarero le pidió a un hombre que moviese un poco la silla para hacer espacio. El hombre soltó toda una retahíla de improperios, y se negó.

-Nunca olvides lo que acabas de ver –le dijo a Jean su abuelo-. El zapatero aceptó las reclamaciones, mientras que este hombre de nuestro lado no ha querido moverse. A los hombres útiles, que hacen algo útil, no les incomoda que los traten de inútiles. Pero los inútiles siempre se creen importantes, y esconden toda su incompetencia detrás de la autoridad.

El regalo equivocado
Miie Tamaki decidió abandonar todo lo que hacía –era economista- para dedicarse a la pintura. Durante años buscó un maestro adecuado, hasta que encontró una mujer especialista en miniaturas que vivía en el Tíbet. Miie salió de Japón y fue a las montañas tibetanas para aprender lo que necesitaba.

Empezó a vivir con la profesora, que era extremamente pobre.

Al final del primer año, Miie regresó a Japón por unos días, volviendo al Tíbet con maletas cargadas de regalos. Cuando la profesora vio lo que Miie le había llevado, se puso a llorar, y le pidió que se marchara y no volviera nunca a su casa, diciendo:
-Antes, nuestra relación era de igualdad y amor. Tú tenías techo, comida y pinturas. Ahora, al traerme estos regalos, has establecido una diferencia social entre nosotras. Y si existe esa diferencia, no puede haber comprensión ni entrega.

Lo que salva el amor
L. Barbosa cuenta la historia de una isla en la que vivían los principales sentimientos del hombre: la Alegría, la Tristeza, la Vanidad, la Sabiduría y el Amor. Un día, la isla empezó a hundirse en el océano; todos consiguieron llegar a sus barcos, menos el Amor.
Cuando fue a pedirle a la Riqueza que lo salvase, esta dijo:

–No puedo, estoy cargada de joyas y de oro.
Se dirigió entonces al barco de la Vanidad, que le respondió:
–Lo siento mucho, pero no quiero ensuciar mi barco.
El Amor corrió hacia la Sabiduría, pera esta también lo rechazó diciendo:
–Quiero estar sola: estoy reflexionando sobre la tragedia, y más adelante pienso escribir un libro sobre esto.
El Amor empezó a ahogarse. Cuando ya estaba casi muriendo, apareció un barco, conducido por un viejo, que lo acabó salvando.
–Muchas gracias –dijo el Amor, en cuanto se recuperó del susto-. Pero, ¿quién eres tú?
–Soy el Tiempo –respondió el viejo. Solo el Tiempo es capaz de salvar al Amor.
Dibujo de: Dum (Edson Junior)
Texto retirado de: La Revista

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