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domingo, 24 de julio de 2011

Complicaciones de la búsqueda

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

Leyendas perdurables

”Porque el amor por alguien es una oración dirigida al corazón del universo, una plegaria que Dios colocó en las manos de cada ser humano como un  presente divino”.


Cierta mañana Nasrudin –el gran místico sufi que siempre fingía ser loco– colocó un huevo envuelto en un pañuelo, se fue hasta el medio de la plaza de su ciudad y llamó a los que estaban allí.

- ¡Hoy tendremos un importante concurso, dijo. Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo, recibirá de regalo lo  que está dentro! Las personas se miraron entre sí, intrigadas, y respondieron: ¿Cómo podemos saberlo? Nadie aquí tiene poderes de adivino.

Nasrudin insistió:
- Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe con facilidad. Es un símbolo de la fertilidad, y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede decirme lo que está escondido?

Todos los habitantes pensaron que Nasrudin tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie quería pasar vergüenza delante de los otros.

Porque... ¿y si no fuese un huevo, sino algo mucho más importante, producto de la fértil imaginación mística de los sufis? Un centro amarillo podía significar algo del sol, o el líquido de alrededor tal vez fuese alguna preparación de alquimia. No, aquel loco estaba queriendo que alguien hiciera el ridículo.

Nasrudin volvió a preguntar dos veces más, pero nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces él abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo.

- Todos vosotros sabíais la respuesta, afirmó. Y nadie quiso traducirla en palabras.
Es así la vida de aquellos que no tienen el coraje de arriesgar: las soluciones nos son dadas generosamente por Dios, pero  estas personas siempre procuran explicaciones más complicadas, y terminan no haciendo nada.

Dios y el amor del hombre
Un hombre se acercó al filósofo Ramanuja y le pidió:
-¡Muéstreme el camino hacia Dios!
- ¿Ya te enamoraste alguna vez de alguien?, preguntó Ramanuja.
- ¿Enamorarme? Qué es lo que el gran Maestro quiere decir con eso? Me prometí a mí mismo jamás aproximarme a una mujer, huyo de ellas como quien intenta escapar de una  enfermedad. Ni siquiera las miro. Cuando pasan, cierro los ojos.
- Procura volver a tu pasado e intenta descubrir si nunca, en toda tu vida, hubo algún momento de pasión que dejase tu cuerpo y espíritu llenos de fuego.
- Vine hasta aquí para aprender a rezar, y no a cómo enamorarme de una mujer. Quiero ser guiado hasta Dios, y usted insiste en  quererme llevar hacia los placeres de este mundo. No entiendo lo que desea enseñarme.

Ramanuja permaneció silencioso algunos minutos y finalmente dijo:
- No puedo ayudarte. Si tú nunca tuviste ninguna experiencia de amor, nunca conseguirás experimentar la paz de una oración. Por lo tanto, regresa a tu ciudad,  enamórate, y solo  vuelve a buscarme cuando tu alma esté llena de momentos felices.
Solo una persona que entiende el amor puede entender el significado de la oración. Porque el amor por alguien es una oración dirigida al corazón del universo, una plegaria que Dios colocó en las manos de cada ser humano como un  presente divino.
Texto retirado de: La Revista

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