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domingo, 9 de febrero de 2014

Perseverar y tener fe: Enseñanzas inolvi

Por Paulo Coelho 

El Alquimista

“Mientras yo pensaba y estudiaba, tú practicabas lo que habías aprendido. Gracias por hacerme entender que, muchas veces, el hombre no cree en lo que desea que otros crean”.
Enfrentando al río
Un discípulo tenía tanta fe en los poderes del gurú Sanjai que lo llamó en cierta ocasión a la orilla del río.

-Maestro, todo lo que he aprendido con usted ha cambiado mi vida. Conseguí reconstruir mi matrimonio, sanear los negocios de mi familia y practicar la caridad con todo el vecindario. Todo lo que pedí en su nombre, con fe, lo conseguí.
Sanjai miró a su discípulo y su corazón se llenó de orgullo.
El discípulo se acercó a la orilla del río:
-Mi fe en sus enseñanzas y en su divinidad es tan grande que me basta con pronunciar su nombre para poder caminar sobre las aguas.
Antes de que el maestro pudiera decir nada, el discípulo entró en el río, gritando:
-¡Loado sea Sanjai! ¡Loado sea Sanjai! Dio el primer paso. Y otro. Y un tercero. Su cuerpo comenzó a levitar, y el muchacho consiguió llegar al otro lado sin siquiera mojarse los pies.
Sanjai miró sorprendido a su discípulo, que agitaba una mano desde el otro lado, con una sonrisa en los labios.
“¿Quiere esto decir que soy mucho más iluminado de lo que pensaba? ¡Podré tener el monasterio más famoso de la región! ¡Podré igualarme a los grandes santos y gurús!”.
Decidido a repetir el hecho, Sanjai se acercó a la orilla y se puso a gritar, mientras se adentraba en el río caminando:
-¡Loado sea Sanjai! ¡Loado sea Sanjai!
Dio el primer paso, el segundo, y al tercero ya estaba siendo arrastrado por la corriente. Como no sabía nadar, fue necesario que el discípulo se tirase al agua y lo salvase de una muerte segura.
Cuando los dos llegaron a la orilla, exhaustos, Sanjai se quedó en silencio durante largo tiempo. Finalmente, comentó:
-Espero que sepas entender con sabiduría lo que ha ocurrido hoy. Todo lo que yo te enseñé fueron las sagradas escrituras y la manera correcta de comportarse. Sin embargo, eso no bastaría si tú no añadieses lo que estaba faltando: la fe en que estas enseñanzas podrían mejorar tu vida.
»Yo te enseñé porque mis maestros me enseñaron. Pero mientras yo pensaba y estudiaba, tú practicabas lo que habías aprendido. Gracias por hacerme entender que, muchas veces, el hombre no cree en lo que desea que otros crean.
Los tres libros
El monje Tetsugen tenía un sueño: imprimir un libro en japonés, con todos los versículos sagrados. Decidido a hacer este sueño realidad, comenzó a viajar por el país, recaudando el dinero necesario.

No obstante, cuando consiguió reunir una cantidad que permitiría dar inicio a los trabajos, el río Uji se desbordó, provocando una catástrofe de proporciones gigantescas. Viendo a los que habían perdido sus hogares, Tetsugen decidió gastar el dinero aliviando el sufrimiento del pueblo.
Pero enseguida retomó la lucha por su sueño: fue llamando de puerta en puerta, anduvo por diferentes islas de Japón, y de nuevo consiguió lo que le hacía falta. Cuando regresaba –exultante- a Edo, una epidemia de cólera se extendió por el país. Una vez más, el monje usó el dinero para curar a los enfermos y ayudar a las familias de los muertos.
Perseverante, volvió al proyecto original. Se puso nuevamente en camino y, casi veinte años más tarde, consiguió editar siete mil ejemplares de los versículos sagrados. Dicen que Tetsugen, en realidad, hizo tres ediciones de los textos sagrados. Solo que las dos primeras son invisibles.
Texto retirado de: La Revista

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