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jueves, 6 de febrero de 2014

Ternura

Madrecita querida me acuerdo de ti, cuando desperté para recordar. De bruces a mi cuna, cantabas bajito y derramabas en mi rostro pequeñitas gotas de luz, que, más tarde, vine a saber que eran lágrimas. Me abrigaste en tus brazos, como si me transportases a un blando nido, y, desde entonces, nunca más me dejaste. Cuando los otros iban a las fiestas, te desvelabas conmigo, enseñándome a pronunciar el bendito nombre de Dios… En otras ocasiones, trabajabas, tejiendo, contando historias de bondad y alegría, para que yo durmiese soñando… Si yo huía, quebrando el peine, o si volvía de la escuela con la ropa hecha pedazos, mientras mucha gente hablaba de castigo, ocultabas mis manos entre las tuyas o besabas mi cabello despeinado.
Después crecí, viéndote a mi lado, a la manera de un ángel entre cuatro paredes… Crecí para el mundo, pero nunca dejé de ser, en tus brazos, la criatura por la cual entregaste la vida. ¡Y, hasta ahora, día a día, esperas, paciente y dulce, el momento en que me vuelvo para tus ojos, sonriéndome y bendiciéndome siempre, aunque mis problemas te corten en pedazos el pecho por láminas de angustia! …
Hoy, oí la música de los millones de voces que te engrandecen…
Quise tomar las constelaciones del Cielo y mezclarlas al perfume de las flores que se abren en el suelo, para tejerte una corona de reconocimiento y cariño, pero, como no pudiese, vengo a traerte los pétalos del amor que coseché en mi alma.
¡Recíbelas, Madrecita!… No son perlas, ni brillantes de la Tierra … Son las lágrimas de ternura que Dios me dio para que te oferte mi propio corazón, transformado en un poema de estrellas.
Dictado por el espíritu: Meimei
Extraído del libro "
El Espíritu de la Verdad"

Pintura de: Loren Entz
Tomada del blog TODO POR EL ARTE
Texto retirado de: Luz Espiritual

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