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miércoles, 30 de marzo de 2016

Solitario en el camino: La vida como en bicicleta

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Vivimos en un Universo que es al mismo tiempo lo suficientemente gigantesco como para rodearnos y lo bastante pequeño como para caber en nuestro corazón”.

La vida es como una gran carrera en bicicleta, cuya meta es cumplir la Leyenda Personal -aquello que, según los antiguos alquimistas, es nuestra verdadera misión en la Tierra. En la línea de partida estamos juntos, compartiendo camaradería y entusiasmo. Pero, a medida que la carrera se desarrolla, la alegría inicial cede lugar a los verdaderos desafíos: el cansancio, la monotonía, las dudas sobre la propia capacidad. Vemos que algunos amigos, que ya desistieron en el fondo de sus corazones, aún siguen corriendo, pero es porque no pueden parar en medio de la pista. Este grupo es cada vez más numeroso, con todos pedaleando al lado del carro de apoyo, donde conversan entre sí, cumplen con sus obligaciones, pero olvidan las bellezas y desafíos del camino.
Terminamos por distanciarnos de ellos y entonces estamos obligados a enfrentar la soledad, las sorpresas de las curvas desconocidas, los problemas que pueda crearnos la bicicleta. En un momento dado, luego de algunas caídas sin que haya nadie cerca para ayudarnos, nos preguntamos si vale la pena tanto esfuerzo. Sí, vale. Se trata solo de no desistir. El padre Alan Jones dice que para que nuestra alma tenga condiciones de superar esos obstáculos se necesitan fuerzas invisibles: amor, muerte, poder y tiempo.
Es necesario amar, porque somos amados por Dios; la conciencia de la muerte, para entender la vida; luchar para crecer, pero nunca dejarse ilusionar por el poder que llega junto con el crecimiento, porque sabemos que él no vale nada; y aceptar que nuestra alma, aunque sea eterna, está en este momento presa en la tela del tiempo, con sus oportunidades y limitaciones.
Así, en nuestra solitaria carrera en bicicleta tenemos que actuar como si el tiempo no existiera, hacer lo posible para valorizar cada segundo, descansar cuando sea necesario, pero continuar siempre en dirección a la luz divina, sin que nos afecten momentos de angustia.
Estas cuatro fuerzas no pueden ser tratadas como problemas a ser resueltos, ya que están fuera de control. Tenemos que aceptarlas y dejar que nos enseñen lo que necesitamos aprender.
Vivimos en un Universo que es al mismo tiempo lo suficientemente gigantesco como para rodearnos y lo bastante pequeño como para caber en nuestro corazón. En el alma del hombre está el alma del mundo, el silencio de la sabiduría. Mientras pedaleamos en dirección a la meta, es siempre importante preguntar: “¿Qué hay de bueno hoy?”. El sol puede estar brillando, pero si la lluvia estuviera cayendo, es importante recordar que eso también significa que las nubes negras se habrán disuelto en breve. Las nubes se disuelven, pero el sol permanece inmutable, y no pasa nunca. En la soledad es importante recordarlo.
Y, cuando las cosas se pongan muy duras, no podemos olvidar que todo el mundo ya pasó por eso, sin discriminar raza, situación social, creencias o cultura. Una hermosa plegaria del maestro sufí Dhu’I-Nun resume bien la actitud positiva necesaria:
“Oh, Dios, cuando escucho las voces de los animales, el ruido de los árboles, el murmullo de las aguas, el gorjeo de los pájaros, el zumbido del viento o el estruendo del trueno, percibo en todos ellos el testimonio de tu unidad; siento que tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema sabiduría, la suprema justicia.
“Oh, Dios, te reconozco en las pruebas que estoy pasando. Permite, oh, Dios, que tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea tu alegría, aquella que un padre siente por un hijo. Y que yo me acuerde de ti con tranquilidad y determinación, incluso cuando resulte difícil decir “Te amo”. (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

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