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viernes, 20 de mayo de 2016

De árabes y judíos: Iluminadoras historias

Por Paulo Coelho  

El Alquimista

Aunque en permanente conflicto político, estas dos culturas nos han legado una sabiduría extraordinaria.

La ventana y el espejo

Un joven muy rico fue a ver a un rabino y le pidió un consejo que lo guiara en la vida. El rabino lo condujo a la ventana:
- ¿Qué ves a través del cristal?
- Hombres pasando y un ciego pidiendo limosna en la calle.
Entonces el rabino le mostró un gran espejo: - Y ahora, ¿qué ves?
- Me veo a mí mismo.
- ¡Y ya no ves a los otros! Fíjate que tanto la ventana como el espejo están hechos de la misma materia prima: el vidrio. Pero en el espejo, al tener este una fina capa de plata cubriéndolo, solo te ves a ti mismo. Debes compararte a estos dos tipos de vidrio. Cuando pobre, prestabas atención a los otros y tenías compasión por ellos. Cubierto de plata –rico–, solo consigues admirar tu propio reflejo.

La importancia de la alegría

Al Husein preguntó a Ibn
Mohamed:
- ¿Acaso el gran profeta de nuestra religión, Mahoma, sabía contar cosas divertidas?
Ibn Mohamed respondió:
- Dios envió a nuestro profeta con el don de la alegría. Ya había enviado antes a otros mensajeros que sufrieron y hablaron la lengua del dolor; Mahoma vino para aliviar las penas de su pueblo.
“Y una de las maneras que encontró fue justamente enseñándonos a retozar y a divertirnos. De este modo quería mantener a sus hombres unidos en un mismo ideal y propósito. Mi padre, que conoció al profeta, le oyó decir: ‘Dios odia a todos aquellos que viven con rostro triste delante de sus amigos’”.

Por qué contar historias

Cuenta Elie Wiesel que cuando el gran rabino Israel Shem Tov veía cómo maltrataban a los judíos, iba al bosque, encendía un fuego sagrado, y elevaba una plegaria especial para pedir a Dios que protegiese a su pueblo. Y Dios enviaba un milagro.
Más tarde, su discípulo Maggid de Mezritch, siguiendo los pasos del maestro, iba al mismo lugar del bosque y decía: “Amo del Universo, no sé encender el fuego sagrado, pero conozco la plegaria; ¡te lo ruego, escúchame!”. Sucedía el milagro.
Pasó una generación, y el rabino Moshé Leib de Sasov, cuando veía las persecuciones de su pueblo, iba al bosque y decía: “No sé encender el fuego sagrado, no conozco la plegaria, pero todavía recuerdo el lugar. ¡Ayúdanos, Señor!”. Y el Señor ayudaba.
Cincuenta años más tarde, el rabino Israel de Rizhin, en su silla de ruedas, hablaba con Dios: “No sé encender el fuego, no conozco la plegaria, ni hallo el lugar en el bosque. Lo que puedo hacer es contar esta historia, con la esperanza de que me escuches”.
Y bastó contar la historia para que el peligro se alejase. Según Wiesel, Dios creó al hombre porque ama las historias.

Lo que está escrito

Un ciego mendigaba en el camino que lleva a La Meca, cuando se le acercó un piadoso musulmán y le preguntó si la gente le daba limosna generosamente, como manda el Corán. El hombre le enseñó el recipiente, casi vacío. Dijo entonces el visitante:
- Déjame que escriba en el letrero que cuelga de tu cuello.
Horas más tarde, volvió el visitante. El mendigo estaba sorprendido, pues había recibido una cantidad enorme de dinero.
- ¿Qué es lo que escribió en el letrero? - preguntó.
- Tan solo escribí: Hoy es un hermoso día de primavera, el sol brilla y yo soy ciego. (O)

Crédito de foto: @paulocoelho
Texto retirado de: La Revista

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