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viernes, 25 de junio de 2010

La alegría de vivir sin culpa

En Tailandia, las sonrisas y las flores de loto son parte de la cultura nacional.
El Cuarto Ojo

Recientemente tuve la oportunidad de visitar el sudeste asiático, concretamente Tailandia, y observé una característica en su gente que merece analizarse.

En la cultura tai, amar lo que uno hace y elegir vivir cada día con alegría es visto como un valor social en sí. Los tailandeses tienen una actitud no culpable hacia la alegría, y eso es tan importante que han inventado una palabra para definirla: sanuk (algo así como ponerle alegría a lo que se hace).

Parte del atractivo que ha vuelto a Tailandia un destino turístico muy frecuentado es la hospitalidad de su gente. Esa hospitalidad tiene que ser, al menos en parte, la consecuencia de vivir la vida con alegría.

Me causó impresión ver una ciudad como Bangkok, de ocho millones de habitantes, con una sencilla alegría de vivir en sus rostros. Ese país es una tierra de sonrisas. Auténticas.

El fondo del asunto
En este punto, algunos lectores podrán pensar que estoy basándome en estereotipos o las impresiones alteradas que dejan las visitas cortas a un lugar. Pero si vemos el fondo de las raíces culturales tailandesas, se podría argumentar que sus sonrisas son en parte consecuencia de una práctica budista bien llevada. El budismo en su variante
Theravāda que se practica en ese país pone énfasis no tanto en el cumplimiento de las reglas, sino en la capacidad del ser humano de conectarse con su lado noble.

Hay religiones que piden cosas virtualmente imposibles de cumplir para la mayor parte de la gente, como que el sexo solo debe ser para reproducirse o que hay que participar de las ceremonias religiosas. El problema de las reglas que reprimen la naturaleza humana es que pueden dar a entender que obrar mal es inevitable. Muchos han malinterpretado la filosofía de perdón y compasión de Jesús, y la han convertido en un salvoconducto para obrar mal y después arrepentirse.

En contraste, el concepto de karma del budismo dice que la energía negativa de nuestras malas acciones se acumula en nosotros mismos. Pero de la misma manera, las buenas acciones y el amor generan una vibración positiva que purifica lo que dejan las malas acciones. El budismo motiva a las personas a actuar bien, pero usa un sistema positivo de motivación.

Diferentes visiones
El problema de las religiones que disuaden el mal con la amenaza de un infierno es que el mundo moderno nos ha vuelto escépticos y mucha gente simplemente ya no cree que exista un infierno. Somos una civilización que mantuvo cierto orden mientras duró su miedo. Y de pronto entramos en crisis de valores. Comparado con los países budistas, los occidentales somos actualmente muy poco espirituales.

Al otro lado del mundo, Sidarta Gautama, el creador del budismo, más que un líder religioso fue un estudioso de la naturaleza humana que hizo un excelente trabajo para saber qué debe y qué no debe exigir una religión. El budismo no combate la naturaleza humana; se adapta a ella.

Cuando portarse bien deja de ser una obligación, se vuelve un ejercicio de felicidad. ¿Y quién no quiere ser feliz? Cuando ayudar se convierte en una satisfacción espiritual interna, deja de ser necesario el sacrificio. Cuando en lugar de pedirnos que vivamos sacrificándonos, una religión nos enseña que ser feliz es en sí algo positivo (y no algo para sentirse culpable), esa religión deja de ser percibida como algo caduco. En Tailandia me encontré con muchos intelectuales y gente joven que respetan y admiran la lógica detrás del budismo, y de hecho llevan vidas espirituales.

¿Conclusiones?
Sin necesidad de convertirnos al budismo, propongo que aprendamos de la funcionalidad de un modelo que pone más énfasis en la ética de fondo y menos en la formalidad y el cumplimiento de reglas. Después de todo, Jesús habló de compasión con quienes dependen de nosotros. Y los registros históricos lo sitúan como un adelantado a su tiempo que reivindicó el amor por encima de reglas y complicados ritos. Los tiempos modernos exigen una ética más auténtica. Es hora de hacer una revisión profunda de nuestros valores.

Texto retirado de: eluniverso.com

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