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lunes, 21 de junio de 2010

Leyendas cristianas

Por Paulo Coelho
El Alquimista

Renovación y salvación

El ejemplo de un trabajo hecho con amor y eficiencia es el primer semillero para el cambio.

Nada más expirar en la cruz, el Hijo de Dios se dirigió directamente al infierno para salvar a los pecadores.

El demonio se entristeció muchísimo.

-Me he quedado sin función en este universo –dijo Satanás–. A partir de ahora, todos los marginales, los que transgredieron los preceptos, cometieron adulterio o infringieron las leyes religiosas, ¡todos serán perdonados y podrán ir directamente al paraíso!
Jesús lo miró y sonrió:

-No te lamentes. Aquí vendrán todos los que, creyéndose muy virtuosos, condenan sin cesar a los que no siguen mi palabra.
Espera unos pocos siglos y ya verás cómo el infierno acaba mucho más lleno que antes.

El monasterio puede acabar
El monasterio pasaba por tiempos difíciles; el mundo había cambiado: se decía que Dios era apenas una superstición, la Iglesia tenía problemas innumerables, y los jóvenes ya no querían ser novicios. Algunos se marcharon para estudiar sociología, otros empezaron a leer tratados de materialismo histórico, y poco a poco la pequeña comunidad que restó fue haciéndose a la idea de que habría que cerrar el convento.

Los monjes más veteranos fueron muriendo uno a uno. Cuando el último de estos estaba a punto de entregar su alma al Señor, llamó a su lecho de muerte a uno de los pocos novicios que aún quedaban.

-He tenido una revelación –le dijo–. Este monasterio fue elegido para algo muy importante.
-Qué pena –respondió el novicio–. Porque apenas quedamos cinco muchachos y no nos damos abasto para realizar todas las tareas, así que nos sería imposible llevar a cabo algo importante...

-Pues sí que es una pena. Porque, aquí en mi lecho de muerte, se me ha aparecido un ángel, y yo he comprendido que uno de vosotros cinco estaba destinado a convertirse en un santo.

Dijo estas palabras, y murió.

Durante el entierro, los muchachos se miraban entre sí, espantados. ¿Cuál habría sido el escogido? ¿El que más ayudaba a los habitantes de la aldea? ¿El que solía rezar con una devoción especial? ¿O el que predicaba con tal entusiasmo que hacía saltar las lágrimas de los que lo escuchaban?

Impresionados por el hecho de que hubiera un santo entre ellos, los novicios decidieron retrasar un poco el final del convento, y comenzaron a trabajar duro, a predicar con entusiasmo, a reconstruir las paredes caídas, a practicar la caridad y el amor.

Cierto día, un joven apareció a la puerta del convento: estaba impresionado con el trabajo de los cinco novicios, y estaba dispuesto a ayudarlos. En menos de una semana, otro joven hizo lo mismo. Poco a poco, el ejemplo de los novicios se hizo conocido en toda la región.
-Los ojos les brillan –le decía un hijo a su padre–, pidiéndole permiso para entrar al monasterio.

-Ellos hacen las cosas con amor –le comentaba un padre a su hijo–. ¿No ves cómo el monasterio está más bonito que nunca?

Diez años más tarde, ya había más de ochenta novicios. Nunca se llegó a saber si el comentario del anciano había sido sincero o si este había dado con una fórmula para lograr que el entusiasmo le devolviese al monasterio su dignidad perdida.

Texto retirado de: La Revista

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