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domingo, 12 de diciembre de 2010

Aprendizajes esenciales

Por Paulo Coelho

El Alquimista


De herreros y diablos

“Sé que Dios me está poniendo en el fuego de las aflicciones. He ido aceptando los martillazos que la vida me ha dado, y a veces me siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero”.


Lynell Waterman cuenta la historia del herrero que, tras una juventud llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios. Durante muchos años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía salirle bien en la vida. Lo que es peor: sus problemas y deudas no paraban de crecer.

Cierta tarde, un amigo que lo estaba visitando, y que se compadecía de su difícil situación, le comentó: –Desde luego, es muy extraño que, justo cuando te decidiste a ser un hombre temeroso de Dios, tu vida empezase a empeorar. No es mi intención debilitar tu fe, pero, a pesar de todo lo que crees en el mundo espiritual, para ti nada ha mejorado.

El herrero no respondió inmediatamente, pero finalmente dijo:
-Yo recibo en este taller el acero aún no trabajado, y he de transformarlo en espadas. ¿Tú sabes cómo se hace eso?

»En primer lugar, caliento la chapa de acero en un calor infernal, hasta que se pone roja. A continuación, sin ninguna piedad, agarro el más pesado de mis martillos, y le doy varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada.

»Luego la sumerjo en un cubo de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido del vapor, mientras la pieza cruje y grita por el súbito cambio de temperatura.

»Tengo que repetir este proceso hasta conseguir la espada perfecta: una sola vez no es suficiente.

-A veces, el acero que llega a mis manos no consigue aguantar este tratamiento. El calor, los martillazos, y el agua fría acaban llenándolo de grietas. Y entonces yo sé que nunca podrá convertirse en la hoja de una buena espada.

»Y, en esos casos, lo único que hago es ponerlo en el montón de chatarra que has visto a la puerta de mi herrería.
Tras una nueva pausa, el herrero concluyó:
-Sé que Dios me está poniendo en el fuego de las aflicciones. He ido aceptando los martillazos que la vida me ha dado, y a veces me siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero. Pero la única cosa que pido es: “Dios mío, no desistas, hasta que consiga adoptar la forma que esperas de mí. Inténtalo una y otra vez de las formas que creas más convenientes, durante todo el tiempo que quieras... pero nunca me pongas en el montón de chatarra de las almas”.

Satán vende objetos usados
Como tenía que adaptarse a los nuevos tiempos, Satán decidió hacer una liquidación de gran parte de su stock de tentaciones. Puso un anuncio en un periódico, y se pasó el día atendiendo a los clientes en su taller.

Colgados en la pared, algunos objetos llamaban mucho la atención: un cuchillo de hoja curva para apuñalar por la espalda, y grabadores que solo registraban cotilleos y mentiras.

-¡No se preocupen con el precio! –gritaba el viejo Satán a los posibles clientes-. ¡Llévenselo hoy y ya me lo pagarán cuando puedan!
Uno de los visitantes se fijó en que, tiradas en un rincón, había dos herramientas que parecían muy usadas, y que pasaban prácticamente desapercibidas. Sin embargo, eran carísimas. Curioso, quiso saber la razón de aquella aparente incoherencia.

–Estas están gastadas porque son las que más uso –respondió Satán riendo–. Si llamasen mucho la atención, las personas sabrían cómo protegerse. Y sin embargo, bien valen ambas el precio que pido por ellas: una es la Duda y la otra, el Complejo de Inferioridad. El resto de las tentaciones pueden fallar en un momento dado, pero estas dos siempre funcionan.
Texto retirado de: La Revista

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