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domingo, 10 de abril de 2011

Cerca de Dios


Por Paulo Coelho 

El Alquimista

El budismo Zen

“Su práctica nos ayuda, paradójicamente, a conectarnos mejor con Dios y a responder de manera inconsciente a nuestras dudas”.

Como explica el Ming Zhen Shakya, el Zen es para el budismo algo así como la cábala para el judaísmo, la contemplación para el cristianismo, o la danza sufi para el islam. Es la práctica mística de enseñanzas filosóficas o espirituales.

La escuela Zen nace en China, mezclando el budismo venido del Nepal con las tradiciones locales del maoísmo. Entre los años 700 y 1200, unos monjes que viajaron al Japón desarrollaron allí dos tipos de meditación basados en la postura física: el estilo Rinzai predica que todo ser humano puede alcanzar la iluminación si vive su existencia con respeto y sobriedad; mientras que el estilo Soto predica la importancia de un prolongado entrenamiento para que este objetivo sea alcanzado.

Para la mayoría de las religiones un hombre iluminado es aquel que consigue librarse de su propio egoísmo, entiende que no pasa de ser una pequeña –aunque importante– pieza en el gran plan de Dios, y hace lo posible por concentrarse en el buen funcionamiento de esta pieza. A medida que avanza en esa dirección, las cosas superfluas van perdiendo su importancia, y con esto el propio sufrimiento se aleja.

Para los maestros Zen, todos tenemos un conocimiento intuitivo de la razón de nuestra existencia. Por lo tanto, la mayor parte de las enseñanzas filosóficas o religiosas son solo maneras de provocar en el interior de cada uno el contacto con esta sabiduría que ya está allí enterrada debajo de muchas capas de prejuicios, culpas, confusión mental e ideas falsas respecto a nuestra propia importancia.

El budismo Zen –principalmente aquel que llegaría a ser elaborado a partir del estilo Soto– desarrolló una serie de técnicas para que el ser humano pueda llegar hasta esta paz y comprensión interior. Para nosotros, que tenemos una visión más occidental de la búsqueda interior, estas técnicas están profundamente relacionadas con las palabras de Jesús en el evangelio de San Mateo: “Cuando vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora para el Padre en secreto: y el Padre, que todo oye en secreto, te comprenderá”.

El practicante Zen busca un lugar tranquilo y allí se sienta en una posición en la que consiga mantener su equilibrio durante largo tiempo, pero sin tener la columna apoyada. Por esa causa la más conocida lo muestra con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas adelante, apoyadas sobre el sexo. Algunos monasterios que visité en el Japón usaban una especie de almohada de cuero para elevar ligeramente el cuerpo y permitir una mayor circulación de sangre en las piernas.

Desde allí se debe procurar mantener la inmovilidad el mayor tiempo posible al tiempo que se obedecen algunas reglas simples. La cabeza inclinada hacia abajo, los ojos no han de fijarse en nada pero tampoco pueden estar cerrados, para evitar la somnolencia. Se ha de observar la respiración, pero sin intentar alterar su ritmo, este debe ser lo más natural posible, ya que a medida que el zazen (la postura) progresa, la tendencia es que las inspiraciones y expiraciones se hagan más pausadas y más lentas.

Aunque muchos afirman ser expertos en técnicas de meditación consideran que es necesario “vaciar la cabeza”, todos nosotros –y todos los grandes maestros del Zen– sabemos que es imposible. Por lo tanto la idea central no es intentar obtener el control del pensamiento, ni de las emociones, ni buscar un contacto espiritual con Dios; todo eso llegará con el tiempo, en la medida que nos vayamos calmando.



























Texto retirado de: La Revista

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