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domingo, 26 de septiembre de 2010

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Por Paulo Coelho
El Alquimista

Paciencia y perseverancia

En rituales orientales las ofrendas a Dios involucran también un grado de sacrificio. Esto se inculca desde la niñez.


El sacerdote y su hijo
Durante muchos años, un sacerdote brahmán cuidó de una capilla; cuando tuvo que viajar, le pidió a su hijo que se encargase de las tareas cotidianas hasta su regreso. Entre tales tareas, el niño debía poner la ofrenda de alimento frente a la Divinidad, y observar si Ella comía.

El muchacho se acercó, animado, hasta el templo en el que trabajaba su padre. Puso el alimento, y se quedó observando las reacciones de la imagen.

Permaneció allí el resto del día. Y la estatua se mantuvo inmóvil. El chico, sin embargo, fiel a las instrucciones, estaba seguro de que la Divinidad terminaría bajando del altar para recibir su ofrenda.

Después de mucho esperar, suplicó:

-¡Oh, Señor! ¡Venid y comed! Ya es muy tarde y no puedo esperar más.

Nada sucedió. Entonces él empezó a gritar:

-Señor, mi padre me pidió que estuviese aquí hasta que bajaseis y aceptaseis la ofrenda. ¿Por qué no lo hacéis? ¿Solo coméis la ofrenda de manos de mi padre? ¿Qué es lo que he hecho mal?

Y lloró abundantemente durante mucho tiempo. Cuando levantó los ojos y se limpió las lágrimas, se llevó un buen susto: allí estaba la Divinidad, alimentándose con lo que le había sido ofrecido.

Alegre, el niño regresó corriendo a su casa. Cuál no sería su sorpresa cuando uno de sus parientes le dijo:

-El servicio ha terminado. ¿Dónde está la comida?

-Pero si el Señor se la comió toda... –respondió sorprendido el muchacho-.

Todos se quedaron asombrados:

-¿Qué es lo que estás diciendo? Repite, pues no te hemos escuchado bien.

El niño repitió: -El Señor se comió todo lo que le ofrecí-.

-¡No es posible! –dijo un tío–. Tu padre te pidió apenas que observaras si ella comía. Todos sabemos que este es un acto meramente simbólico. Tú debes de haber robado la comida.

El niño, sin embargo, no alteró su historia, ni siquiera cuando le amenazaron con una buena zurra.

Desconfiados, los familiares fueron hasta el templo, y allí se toparon con la divinidad sentada, sonriendo.

-Un pescador lanzó al río su red y consiguió una buena pesca –dijo la Divinidad–. Algunos peces estaban inmóviles, sin hacer ningún esfuerzo por salir. Otros luchaban desesperadamente, saltando, pero sin lograr escapar. Solo unos pocos tenían fortuna en su lucha y conseguían huir.

Al igual que los peces, tres tipos de hombres vinieron hasta aquí para traerme ofrendas: unos no quisieron conversar conmigo, suponiendo que yo no respondería. Otros lo intentaron, pero desistieron enseguida, temiendo decepcionarse. Por su parte, este niño supo llegar hasta el final, y yo, que juego con la paciencia y la perseverancia de los hombres, acabé por aceptar lo que me traía.
Dibujo retirado deGUERRERO DEL ARTE

Texto retirado de: La Revista

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