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martes, 2 de noviembre de 2010

EVANGELIO Y EDUCACIÓN

21- EVANGELIO Y EDUCACIÓN
Cuando el Maestro confió al mundo el divino mensaje de la Buena Nueva, sin dudas la Tierra no carecía de una sólida cultura.
En Grecia las artes habían alcanzado una brillante culminación, y en Roma bibliotecas preciosas circulaban por todas partes, divulgando la política y la ciencia, la filosofía y la religión.


Los escritores contaban con cuerpos de copistas especializados y profesores eméritos conservaban tradiciones y enseñanzas, para preservar el tesoro de la inteligencia.


Prosperaba la instrucción en todos los lugares, pero la educación permanecía en lamentable pobreza.
El cautiverio consagrado por ley era un flagelo común.
La mujer, degradada en casi todas las regiones, recibía un tratamiento inferior al que se dispensaba a los caballos.


Hombres nobles, debido a reveses financieros o a futilidades de raza, eran marcados con hierro caliente y sometidos a penosa servidumbre, además de ser inventariados como animales.


Los padres podían vender a los hijos.
Era razonable cegar a los vencidos y aprovecharlos en tareas domésticas.
Los niños débiles eran, casi siempre, castigados con la muerte.
Los enfermos eran sentenciados al abandono.
Las mujeres desventuradas podían ser apedreadas con el beneplácito de la justicia.
Los mutilados debían perecer en los campos de lucha, catalogados como carne inútil.
Cualquier tirano disfrutaba el derecho de reducir a sus gobernados a penurias extremas, sin tener que rendir cuentas a nadie.


Las fieras devoraban hombres vivos en los espectáculos y diversiones públicas, con la aprobación general.


Rara era la festividad del pueblo que transcurría sin que corriera profusamente la sangre humana, como imposición natural de las costumbres.


Mientras que con Jesús comienza una nueva era para el sentimiento.
Al ser condenado al sacrificio supremo, sin reclamar y a la vez rogando el perdón celestial para aquellos que lo flagelaban y herían, infunde nuevas disposiciones espirituales en el ánimo de sus seguidores.


Iluminados por la Divina Influencia, los discípulos del Maestro se consagran a servir a sus semejantes.
Simón Pedro sus compañeros se dedican a los enfermos e infortunados.
Se establecen casas para socorrer a los necesitados y escuelas de evangelización para el espíritu del pueblo.
Poco a poco, con el correr de los siglos, se modifica el panorama social.
Desgarrados y atormentados, entregados al sacrificio supremo en las sangrientas demostraciones de los tribunales y las plazas públicas, o amarrados en las prisiones, los aprendices del Evangelio enseñan la compasión y la solidaridad, la bondad y el amor, la fortaleza moral y la esperanza.


Hay grupos de servidores que se consagran al trabajo remunerado para pagar la liberación de numerosos cautivos.
Los señores con fortuna y con tierras, tocados en sus fibras más íntimas, devuelven esclavos al mundo libre.


Los enfermos encuentran remedio, los mendigos hallan techo, los desesperados se consuelan, los huérfanos son recibidos en un hogar.
Surge una nueva mentalidad sobre la Tierra.
El corazón educado aparece cual bendita luz entre las tinieblas de la vida.
La gentileza y la afabilidad pasan a regir el campo de las buenas maneras y bajo la inspiración del Maestro Crucificado, hombres de patrias y razas diferentes aprendieron a encontrarse con alegría y a exclamar felices: - "Hermano mío".

Pintura de: Wlodzimierz Kuklinski, tomada de la website Artbreak




Por el espíritu: Emmanuel
Texto retirado del: Libro "DERROTERO".

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