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martes, 14 de julio de 2009

ANTE LA INDULGENCIA DIVINA

Inducíamos intemperantemente a la mente, a explotar dentro de nosotros por vuelcos de locura. Meditemos en la Indulgencia Divina, para que no nos veamos caer en los desajustes de la intolerancia.

Nos hallábamos, desanimados y oprimidos en el torbellino de las tinieblas. El Señor, a pesar de todo, nos concedió un nuevo día para recomenzar la gran ascensión hacia la Luz.

Estábamos paralíticos en la recapitulación incesante de nuestros desequilibrios.
Nos restituyó la facultad del movimiento con los pies y las manos libres para que restablezcamos el equilibrio que nos compete.

Sufríamos desilusión y ceguera.
Nos restituyó la esperanza y la visión para que asimilemos las nuevas experiencias.

Yacíamos desolados en la sombra.
Nos condujo nuevamente a una pose de integridad espiritual.

Padecíamos la desesperación por descontrolarnos en la palabra, a través de actitudes blasfemas.

Nos invistió de nuevo, con el poder de hablar acertadamente.
Nos afectaba la sordera, nacida de nuestra rebelión delante de la Ley.

Nos dotó de la bendición de los oídos con que podemos asimilar las nuevas lecciones del socorro espiritual.

Procedimos al contacto de infelices alienados, en las regiones inferiores, materializando en torno de nosotros las telas de los propios errores y eternizando así, el contacto con los desafectos de nuestra propia vida.

Nos concedió, a pesar de todo, la Divina Bondad de la bendición del hogar y de la
prueba, de la responsabilidad y del trabajo en común, en los cuales nos asociamos con nuestros adversarios del pasado para convertirlos, al sol del amor, en la senda de elevación hacia el futuro.

No olvides la tolerancia de Jesús, nuestro Eterno Amigo, que nos soporta hace mil años, amparándonos el corazón, a través de mil modos, en cada paso del día, y por gratitud a Él que no vaciló en aceptar la propia cruz para testimoniar la benevolencia, seamos auténticos aprendices de la fraternidad, por cuanto solamente en el perdón incondicional de nuestras faltas recíprocas, conseguiremos cumplir el pedido inolvidable que nos hiciera el Maestro:

"Amaos los unos a los otros como yo os amé".

Por el espíritu de: Emmanuel
Texto retirado del: Libro "ATENCIÓN".

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